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Eduardo Anguita Cuéllar nació en Yerbas Buenas, Linares, el 14 de noviembre de 1914. Estudió derecho en la Universidad Católica de Chile, carrera que no concluyó. A partir de entonces colaboró en numerosas revistas y diarios como Ercilla, Plan, Atenea, La Nación y El Mercurio, entre otras. Además fue redactor creativo para distintas agencias publicitarias y para las radios Minería y Agricultura. Su obra literaria comenzó en 1934, cuando tenía 20 años, con Tránsito al fin, poemario que fue traducido al inglés en 1942. Dentro de sus obras más destacadas se cuentan Antología de poesía chilena nueva (1935), Venus en el pudridero (1967), Poesía entera (1971), Antología de Vicente Huidobro (1945), El poliedro y el mar (1962), La belleza de pensar: 125 crónicas (1987) y Anguitología (1999). Alejado del mundo literario, falleció el 12 de agosto de 1992 luego de tropezarse con unas brasas en su departamento. Vivía solo. ![]() Acá copio extractos de su poema Venus en el pudridero : La tomé por la mirada, rebanando con mi vista su entrecejo, y desde ahí, humedecí con su vista mis manos y con mi vista su cuerpo, hasta que su cabeza derramóse en mi hombro. Su cabeza era una blanda caverna donde se escondía el torrente, el que me llevaría hacia abajo, a las zarzas de sigiloso esplendor. Palpé sus sienes, oyendo latir la piedra, la piedra azulada por la respiración y el anhélito. Ella tomó mi boca con su boca, llenar un hueco con otro hueco, para partir unidamente exhaustos. Mis labios son yo que salgo; los suyos son yo que entro. Y nos reconocimos íntimos y temblorosamente obvios. Comencé a ser mi semejante. Inquirí su cuello, la columna despierta hecha de luz intencional explícita. Besos en su garganta de cascada de nieve, y sus pechos, paticulares bóvedas del cielo, copas de árbol, salidas de sol y cualquier cosa aquí sólo representada. Mi boca me ungió único entre dos calores contiguos. De ser una la esfera, Yo habría inventado la repetición. Rodeaba mi cintura para ser ella copa y yo agua. Quería aprisionarme, y no sólo por fuera, pues podría escaparme hacia adentro, y para que no me evadiera así, me insinuó encerrarse ella dentro de mí. Accediendo, la ceñí a mi vez por la cintura, siendo ella ahora el agua y yo el vaso. Y se hizo tan íntima, que aun durmiendo me encontraba con ella como si la hubiera habitado y comulgado. Estrechamos la condena y caímos veloz por la corriente que arrastra juntos al pájaro y al vuelo. Su mano en mi nuca bordeaba la piel y el cabello. Se ponía en la orilla: en la extrañeza y en la propiedad. Estuve de acuerdo: tambi´en como ella deseé los contrarios. Me adentré tanteando por el interior de sus muros hasta esa cercanía más y más ajena, pero, ¿entendéis?, sin llegar, sin llegar todavía a decirle tú. Sentí lo que ella sentía y supe que yo era hombre porque ella así lo sentía. Sentí por ella y me hice rápidamente mujer, amándome a mí mismo. Tú eres mujer, tú eres hombre. Eres el muchacho y también la doncella. Tú, como un viejo, te apoyas en el cayado. Eres el pájaro azul oscuro y el verde de ojos rojos. Más adelante se puede leer : Parte con parte, todo con todo. Aludir y eludir. Con mis palmas sensibles como espejos internos, amorosé su espalda; bajaron por los flancos hasta la juntura que da acceso. Luego giré en medio círculo y quedó mi conciencia en dirección a sus pies, ella de espaldas y yo de bruces, uno sobre el otro: hicimos así lo que yo llamo sinceramente La clepsidra. No sé cuál de los dos compartimientos recibía y cuál donaba. Aunque desnudos, fue preciso esta inversión de los cuerpos para vaciar toda la arena, hasta quedar realmente innatos: ella y yo, pasado y futuro, uno consumado, el otro consumido. Medianoche, sin duda. Rétame con tus muslos, tiemble tu herida previa. Me insertaré tan hondamente que quedaremos confundidos más que un hecho con el tiempo que ocupa. Yo entro, joven mía, calor mío, en ti, como un llanto en otro llanto. Astros corren por sílabas, animales más suaves que. Horror si estoy en ti, mujer mía, como una llave enajenada dentro de la velocidad. Tus pechos son las cabezas del dolor bajo un cielo que yo amaría devorar mezclado al agua de mi cuerpo. Tus nuevas llagas me recorren como una madre al fuego. Un paso infinito y que nunca llega a realizarse es la mirada de la mujer que recibe al hombre; sobre su nariz, el entrecejo es el puente atravesado sobre el goce y el río, para que yo mida mi alcance, mi agonía y mi consumación. |
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